La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Al caer la noche, la columna se rompió en batallones que se dispersaron por los prados para acampar. Las tiendas brotaron como extrañas plantas. Las fogatas de los campamentos salpicaron la noche como peculiares flores rojas.
El joven evitó el trato con sus compañeros todo lo que las circunstancias se lo permitieron. Por la noche deambuló adentrándose ligeramente en la penumbra. Desde su cercano emplazamiento, las múltiples fogatas, con las siluetas negras de los hombres que pasaban de un lado para otro ante las llamas rojas, provocaban efectos curiosos y satánicos.
Se tumbó en la hierba. Sintió la suave presión de las briznas en la mejilla. La luna, encendida, pendía de la copa de un árbol. La quietud líquida de la noche le envolvía y le hizo sentir una enorme pena de sí mismo. El viento suave le acariciaba; y esa atmósfera de tiniebla, pensó, destilaba compasión hacia su persona y su aflicción.