La roja insignia del valor

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Deseó, sin reservas, hallarse de nuevo en casa para hacer las rutas interminables de la casa al establo, del establo a los campos, de los campos al establo y así sucesivamente. Recordó cómo maldecía a menudo a la vaca pinta y a sus compañeras, cómo a veces derribaba a puntapiés el taburete para ordeñar. Pero desde su situación actual, aquellos animales remitían a la felicidad, y habría dado lo que fuese por volver a su lado. Se dijo que no estaba hecho para ser soldado. Y caviló seriamente sobre las diferencias radicales entre él y esos hombres que se desplazaban como duendes entre las hogueras.

Reflexionaba de esta manera cuando escuchó crujir la hierba y, al volver la cabeza, descubrió al soldado chillón. Le llamó:

—Eh, Wilson.

El hombre se acercó.

—Hola, Henry. ¿Eres tú? ¿Qué estás haciendo aquí?

—Nada, pensando —dijo el joven.

El otro se sentó a su lado y, cuidadosamente, encendió su pipa.

—¿Estás triste, muchacho? Tienes muy mal aspecto. ¿Qué demonios te pasa?

—No, nada —respondió el joven.

El soldado gritón se refirió entonces a la batalla inminente.


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