La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —¡Ya son nuestros! —y mientras hablaba, su rostro infantil se iluminó con una sonrisa de júbilo, y su voz tenÃa un tono exultante—. Ya les tenemos. ¡Al fin, por todos los demonios, les vamos a dar una buena!
—La verdad es —añadió en tono más sobrio— que hasta ahora nos han zurrado todas las veces, pero esta vez…, esta vez, ¡les vamos a zurrar nosotros a ellos!
—Me habÃa parecido que no hace mucho tiempo te oponÃas a esta marcha —repuso el chico con frialdad.
—No, no era eso —explicó el otro—. No me importa marchar si es con el propósito de luchar. Lo que no soporto es que nos lleven de acá para allá sin otra finalidad que darnos dolor de pies y esas malditas raciones tan escasas.
—Bueno, Jim Conklin dice que esta vez vamos a tener toda la guerra que queramos.
—Por una vez tiene razón, supongo, aunque no sé cómo lo ha logrado. Esta vez vamos hacia una gran batalla, y nosotros nos llevaremos la mejor parte, seguro. ¡Maldita sea, les vamos a destrozar!
Se levantó y empezó a pasear nervioso. La intensidad de su entusiasmo conferÃa elasticidad a sus pasos. Se sentÃa ágil, vigoroso, exaltado por la confianza en el éxito. Miraba al futuro con ojos claros y orgullosos y maldecÃa con aires de soldado veterano.