La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El chico le contempló un rato en silencio. Cuando finalmente habló, su voz era amarga como la hiel.
—Supongo que tú harás grandes cosas.
El soldado gritón, pensativo, expulsó una nube de humo de su pipa.
—Bueno, no lo sé —contestó con dignidad—, no lo sé. Supongo que lo haré tan bien como los demás. Pondré todo mi empeño en ello.
Era evidente que se complacía consigo mismo por la modestia de su respuesta.
—¿Cómo sabes que no echarás a correr cuando llegue el momento? —preguntó el chico.
—¿Correr? —dijo el gritón—. ¿Correr? ¡Por supuesto que no! —se rió.
—Bueno —continuó el chico—, muchos hombres decentes creen que van a hacer grandes cosas antes de la batalla, pero cuando llega el momento ponen pies en polvorosa.
—Sí, eso es verdad, supongo —contestó el otro—, pero yo no voy a salir huyendo. El hombre que apueste por mi deserción perderá su dinero, eso es todo —asintió con la cabeza, con aire confiado.
—¡Tonterías! —dijo el joven—. No me irás a decir que eres el tipo más valiente del mundo, ¿o sí?