La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —No, no lo soy —protestó el chillón, indignado—, ¡tampoco he dicho que lo fuera! He dicho que iba a hacer lo que me corresponde, eso es lo que he dicho. Y lo pienso hacer. ¿Quién eres tú, de todos modos? Hablas como si fueras Napoleón Bonaparte —le lanzó una mirada de ira y se alejó a grandes pasos.
El joven gritó a su camarada:
—Bueno, ¡tampoco hacÃa falta que te enfadases!
Pero el otro siguió su camino sin responder.
Se sintió solo en el universo cuando su ofendido compañero desapareció. Su fracaso a la hora de encontrar la más mÃnima semejanza con sus puntos de vista le hizo sentirse aún más abatido que antes. Nadie parecÃa estar luchando con un problema personal tan terrible. Era un marginado mental.
Fue despacio hasta su tienda y se tendió sobre una manta al lado del soldado alto, que ya roncaba. En la oscuridad le asaltaron visiones terrorÃficas de mil lenguas que farfullaban a su espalda y provocaban su huÃda, mientras que los otros cumplÃan serenamente con el deber patrio. Se convenció de que no serÃa capaz de enfrentarse a ese monstruo. Sintió que cada nervio de su cuerpo era un oÃdo receptivo de esas voces, mientras que el resto de los hombres permanecerÃan imperturbables y sordos.
Y mientras el dolor de esos pensamientos le hacÃa sudar, pudo escuchar frases quedas y serenas.