La roja insignia del valor
La roja insignia del valor EL FRÍO SE RETIRABA de mala gana de la tierra y, al desvanecerse, la niebla reveló a un ejército que descansaba acampado en las colinas. A medida que el paisaje pasaba del marrón al verde, el ejército se despertó y comenzó a estremecerse de ansiedad ante la propagación de rumores. Fijaba la mirada en los caminos, que dejaban de ser largos lodazales casi líquidos para transformarse en auténticas carreteras. Un río, de tonalidad ambarina bajo la sombra de sus orillas, murmuraba a los pies de los soldados; y por la noche, cuando la corriente se transformaba en una negrura triste, se podía divisar el brillo rojizo, parpadeante, de las hogueras del campamento enemigo, apostado en las cimas bajas de las lejanas colinas.
De pronto, un soldado de gran estatura se sintió diligente y bajó a lavar una camisa. Regresó a toda prisa desde el arroyo ondeando la prenda como si fuera una bandera. Traía noticias que le había transmitido un amigo de confianza, quien, a su vez, las había recibido de un honesto soldado de caballería, que también las había escuchado de un hermano fiable, uno de los ordenanzas del cuartel general. Al hablar, se dio la importancia de un heraldo ataviado de grana y oro.
—Mañana nos movemos seguro —dijo pomposamente a un grupo que se encontraba en la calle principal de la compañía—. Vamos a remontar el río, lo cruzaremos y les rodearemos por detrás.