La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Detalló a su atenta audiencia el llamativo y elaborado plan de una brillantísima campaña. Cuando terminó, los hombres de azul se dispersaron para discutir en pequeños grupos entre las filas de barracas chatas y pardas. Un carretero negro, que había estado bailando sobre un embalaje de galletas ante cuarenta soldados que le jaleaban entre risas, se vio abandonado. El hombre fue a sentarse con tristeza. El humo se dispersaba perezosamente desde multitud de pintorescas chimeneas.
—¡Eso es mentira! ¡Es una patraña! —gritó otro soldado. Su rostro suave había enrojecido y tenía las manos hundidas con mal humor en los bolsillos del pantalón. Se había tomado el asunto como una afrenta personal—. Este maldito y viejo ejército no va a salir en la vida. Estamos listos. Me he preparado para salir ocho veces en las dos últimas semanas, y nunca nos hemos movido.
El soldado alto se sintió obligado a defender la autenticidad del rumor que él mismo había propagado. La controversia hizo que ambos casi llegaran a las manos.