La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Un cabo comenzó a quejarse ante el grupo. Acababa de poner un costoso suelo de madera en su barraca, dijo. Y a principios de la primavera se había abstenido de aumentar significativamente la comodidad de su morada porque creyó que el ejército emprendería la marcha en cualquier momento. Sin embargo, últimamente tenía la impresión de que se encontraban en una especie de campamento perpetuo.
Muchos de los hombres se enzarzaron en una acalorada discusión. Uno resumió con peculiar lucidez todos los planes del general al mando. Se le enfrentaron quienes defendían que los proyectos de campaña eran otros. Se gritaban, muchos intentaban en vano llamar la atención de la asamblea. Mientras, el soldado que había propagado el rumor se paseó de un lado para otro con aires de grandeza.
Le llovían preguntas de todas partes:
—¿Qué ocurre, Jim?
—El ejército va a salir.
—¿De qué hablas? ¿Cómo lo sabes?
—Bueno, puedes creerme o no, tú verás. Me importa un rábano.
La manera en la que respondía daba que pensar. Al no dignarse a proporcionar ninguna prueba, llegó casi a convencerlos. El asunto encendió los ánimos.