La roja insignia del valor
La roja insignia del valor También había excesiva semejanza en las gorras. Las gorras de un regimiento debían reflejar adecuadamente la historia de sí mismas a lo largo de los años. Y tampoco el brillo del oro había palidecido en las letras de la bandera. Era nueva y hermosa, y, a menudo, el abanderado le daba lustre al mástil.
El ejército acampó de nuevo. El aroma de los apacibles pinos llenó el olfato de los hombres. Monótonos golpes de hacha atravesaron el bosque y los insectos, que cabeceaban en las ramas, canturrearon como mujeres viejas. El joven regresó a su teoría de la gran manifestación azul.
Pero un amanecer gris, el soldado alto le dio una patada en la pierna. Y entonces, antes de haberse despertado del todo, el muchacho se encontró corriendo por una sendero del bosque entre una turba de hombres que jadeaban por culpa de la prisa. La cantimplora le golpeaba el muslo de forma rítmica, y su mochila se meneaba con suavidad. El fusil se balanceaba en el hombro a cada zancada y la gorra apenas se mantenía sobre su cabeza.
Escuchó los susurros entrecortados de los hombres:
—Dime, ¿de qué va todo esto?
—¿Por qué demonios salimos pitando por este camino?
—Billie, apártate de mi camino…, corres como una vaca.