La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Mientras sentía esto, se le ocurrió que en realidad él nunca había querido ir a la guerra. No se había alistado por libre voluntad. Un gobierno despiadado le había empujado a ello. Y ahora lo conducían al sacrificio.
El regimiento bajó por una loma y vadeó un pequeño arroyo cenagoso. La triste corriente se movía lentamente y, desde el agua oscura, les observaban los ojos blancos de las burbujas.
Mientras subían la colina, por el lado opuesto, la artillería comenzó a disparar. En este momento el joven olvidó muchas cosas y sintió una repentina curiosidad. Escaló la ladera a una velocidad que ningún hombre, aún sediento de sangre, habría podido superar.
Esperaba encontrarse un campo de batalla.
Vio varios prados cercados y constreñidos por un bosque. Diseminados sobre la hierba, y entre los troncos de los árboles, había pequeños núcleos y líneas imperfectas de escaramuza, y los hombres corrían de un lado para otro y disparaban contra el paisaje. Una oscura línea de batalla se dibujaba sobre un claro soleado que desprendía un fulgor anaranjado. Ondeaba una bandera.