La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Sintió que debÃa romper filas y arengar a sus compañeros. No podÃan dejarse matar como conejos y estaba seguro de que eso es lo que ocurrirÃa si no se les advertÃa del peligro. Los generales tenÃan que ser idiotas para mandarles avanzar hacia un matadero. Él era el único en todo el cuerpo que lo veÃa claro. Se adelantarÃa y soltarÃa un discurso. Llegaban hasta sus labios palabras estridentes y apasionadas.
La formación, rota en fragmentos por culpa de los accidentes del terreno, atravesaba en calma los campos y los bosques. El joven miró a los hombres más cercanos a él y en la mayorÃa de ellos observó expresiones de profundo interés; parecÃan estar investigando algo que los fascinaba. Uno o dos caminaban con paso excesivamente envalentonado, como si ya estuvieran envueltos en la batalla. Otros caminaban como si lo hicieran sobre hielo quebradizo. La gran mayorÃa de los novatos se mostraban silenciosos y reconcentrados. Iban a enfrentarse a la guerra, ese animal rojo, la guerra, ese dios henchido de sangre. Y se hallaban absortos en la marcha.
Al contemplar esta escena, el joven ahogó su protesta en la garganta. Comprendió que, aunque los hombres anduvieran con miedo, se reirÃan de sus advertencias. Se burlarÃan de él, incluso le arrojarÃan todo tipo de objetos. Asumió que podÃa estar equivocado, y que su arenga enloquecida le convertirÃa inmediatamente en un gusano a ojos de los hombres.