La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El ardor que el joven había adquirido cuando el campo de batalla estaba fuera del alcance de su vista se desvaneció del todo en el curso de la marcha. Su curiosidad se había saciado con facilidad. Si se hubiese topado con una acción intensa y salvaje al llegar a la cima de la colina, tal vez hubiese cargado enardecido. Pero este avance sobre la naturaleza era demasiado apacible. Le daba la oportunidad de reflexionar. Tenía tiempo de dudar de sí mismo y de tratar de poner a prueba sus sensaciones.
Su mente se llenó de ideas absurdas. Pensó que no le entusiasmaba el paisaje. Le resultaba amenazador. Una sensación de frío recorrió su espalda y tuvo la impresión de que los pantalones que llevaba no estaban hechos para sus piernas.
Pensó que una casa que se erguía plácidamente en los campos lejanos era un mal presagio. Las sombras del bosque le resultaron temibles. Estaba convencido de que en ese paisaje acechaban huestes de mirada peligrosa. Le asaltó la idea repentina de que los generales no sabían lo que estaban haciendo. Todo era una trampa. Esos bosques se erizarían pronto con los cañones de los rifles. Brigadas de hierro los sorprenderían desde la retaguardia. Iban a morir. Los generales eran idiotas. El enemigo aplastaría a toda la formación. Miró exaltado a su alrededor, esperaba ver la llegada furtiva de su muerte.