La roja insignia del valor
La roja insignia del valor En una ocasión la formación se encontró con el cuerpo de un soldado muerto. Estaba tendido boca arriba, con la mirada fija en el cielo. Llevaba un extraño uniforme de un pardo amarillento. El joven vio que las suelas de sus botas estaban tan gastadas que no eran más gruesas que una hoja de papel, y de un gran rasgón en una de ellas surgía, patético, uno de los pies del muerto. Era como si el destino hubiese traicionado al soldado. Una vez muerto, mostraba abiertamente a sus enemigos la pobreza que tal vez había ocultado en vida a sus amigos.
Las filas se abrieron disimuladamente para evitar el cadáver. El muerto, invulnerable, se hacía con un hueco. El joven contempló con interés aquel rostro lívido. El viento levantaba su barba espesa. La movía como si una mano la mesase. Sintió el vago deseo de dar vueltas alrededor del cadáver para examinarlo con detenimiento; se trataba de esa inclinación de los vivos a leer en los ojos de los muertos la respuesta a sus dudas.