La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El chico escuchó que un hombre se transformaba en otra persona durante la batalla y él cifró en eso su salvación. De modo que la espera le resultaba insoportable. Hervía de impaciencia. Consideraba que los generales no sabían qué hacer. Se quejó al soldado alto.
—No voy a soportar esto mucho más tiempo —gritó—. No veo qué sentido tiene agotarnos las piernas para nada.
Deseó regresar al campamento, o bien entrar en combate y descubrir de una vez por todas que era un necio al dudar de sí mismo, y que en el fondo siempre había sido un hombre valiente. La tensión le resultaba intolerable.
El soldado alto, filosófico, se hizo un bocadillo con galletas saladas y carne de cerdo y lo engulló con aire despreocupado.
—Bueno, supongo que estamos reconociendo el terreno para evitar que se nos acerquen demasiado, o para conseguir que se desplieguen o algo así.
—¡Ja! —replicó el soldado chillón.
—Bueno —gritó el chico, aún inquieto—, preferiría dedicarme a algo más que vagar por ahí durante todo el día, sin hacer nada de provecho y fatigándonos a lo tonto.
—Yo también —dijo el soldado chillón—. Esto no es normal, te digo que si alguien con algo de sensatez estuviese al mando de este ejército…