La roja insignia del valor

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—¡Oh, cállate! —bramó el soldado alto—. No eres más que un tonto. ¡Un pequeño idiota! No hace ni seis meses que llevas esa guerrera y esos pantalones y ya hablas como si…

—Bueno, quiero luchar —interrumpió el otro—. No he venido aquí a caminar. Esto podría hacerlo en casa, dando vueltas y vueltas al granero.

El alto, con la cara congestionada, se comió otro bocadillo con desesperación, como si engullera veneno.

Pero gradualmente, mientras masticaba, su semblante volvió a evidenciar tranquilidad y alegría. No podía enzarzarse en agrias polémicas con tales bocadillos. Mientras comía siempre adoptaba un aire de beatífica contemplación de los alimentos. Su espíritu parecía entonces en comunión con las viandas.

Aceptaba los nuevos emplazamientos y las nuevas circunstancias con gran serenidad, comiendo de su mochila a la menor ocasión. Durante la marcha se desplazaba como un cazador, sin poner objeciones ni al ritmo ni a la distancia. Y no había elevado la voz cuando le ordenaron abandonar tres pequeños parapetos de tierra y rocas, cada uno de los cuales era todo un prodigio de ingeniería, digno de ser consagrado a la memoria de sus antepasados.


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