La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El joven echó un vistazo rápido a las filas azules que conformaban el regimiento. Los perfiles permanecían inmóviles, parecían tallados; luego recordó que el sargento abanderado estaba de pie, con las piernas separadas, como si esperase a que alguien le empujara al suelo.
La siguiente turba pasó rodeando los flancos como una exhalación. Había oficiales aquí y allá arrastrados por la corriente como troncos exasperados. Lanzaban golpes a diestra y siniestra con sus espadas y sus puños izquierdos, atizando a cuantas cabezas se ponían a su alcance. Blasfemaban como bandoleros.
Un oficial a caballo evidenciaba la rabieta furiosa de un niño mimado. Protestaba con la cabeza, los brazos y las piernas.
Por su parte, el capitán de la brigada, vociferaba por doquier al galope. Había perdido el sombrero y llevaba la ropa desastrada. Parecía que hubiese salido de la cama para apagar un fuego. Los cascos de su caballo amenazaban constantemente las cabezas de soldados a la carrera, pero los esquivaban con singular fortuna. En esta huida precipitada, todos parecían sordos y ciegos. No hacían caso de las maldiciones que les llovían desde todas las direcciones.