La roja insignia del valor
La roja insignia del valor A menudo entre este tumulto podían oírse las crudas burlas de los críticos veteranos, pero los soldados en retirada parecían ajenos a la presencia de tal público.
El brillo de la batalla se reflejó por un instante en los rostros de aquella turba enloquecida, e hizo pensar al chico que ni siquiera poderosas manos celestiales habrían podido retenerle en su sitio si él hubiese sido capaz de tomar el control inteligente de sus propias piernas.
Aquellos semblantes estaban marcados por un signo pavoroso. La batalla en el humo había dejado su exagerada huella en las lívidas mejillas y en los ojos enloquecidos por un único deseo.
La visión de aquella estampida ejercía una fuerza abrumadora que parecía capaz de arrancar del suelo palos, piedras y hombres. Ellos, los del retén de reserva, debían permanecer en sus puestos. Algunos, pálidos y firmes; otros, congestionados y trémulos.
En medio del caos, el joven formuló un sencillo pensamiento. El monstruo que había provocado la huida de las otras tropas todavía no había aparecido. Decidió echarle un vistazo y, después, muy probablemente correría más rápido que nadie.