La roja insignia del valor
La roja insignia del valor HUBO UN COMPÁS DE ESPERA. El chico pensó en las calles de su pueblo en primavera, antes de la llegada de la cabalgata del circo. Recordó cómo él esperaba de pie: un niño lleno de ilusión dispuesto a seguir a la deslucida mujer a lomos del caballo blanco o a la banda en su ajado carromato. Vio la carretera dorada, las hileras de gente expectante y las casas sobrias.
Se acordó especialmente de un tipo viejo que solía sentarse en una caja de galletas delante de su tienda, para fingir que despreciaba ese tipo de exhibiciones. Mil detalles de colores y formas poblaron su cabeza. El viejo de la caja de galletas surgía en mitad de su rememoración.
Alguien gritó:
—¡Ya están aquí!
Los hombres comenzaron a murmurar. Mostraban el deseo febril de tener a mano todos los cartuchos disponibles. Colocaban las cajas de munición en diferentes posiciones y las ajustaban con sumo cuidado. Era como si se estuviesen probando setecientos sombreros nuevos.
El soldado alto, tras preparar su rifle, sacó un pañuelo rojo. Estaba ocupado anudándoselo al cuello con exquisito cuidado, cuando el grito, como un rugido sordo, volvió a recorrer la formación de boca en boca.
—¡Ya están aquí!
—¡Ya están aquí!