La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Un soldado cercano al joven mascullaba como para sÃ:
—¡Oh, ha llegado nuestro turno! ¡ha llegado nuestro turno!
El capitán de la compañÃa habÃa estado deambulando impaciente por la retaguardia. Les habÃa animado igual que si fuera una maestra de escuela, como dirigiéndose a una congregación de niños con sus primeros libros de texto. Sus palabras eran una repetición interminable.
—Reservad vuestras balas, muchachos… No disparéis hasta que no os lo diga… Reservad las balas… Esperad a que se acerquen… No seáis tontos…
El sudor manaba del rostro del joven, sucio como el de un chiquillo travieso y lloroso. Con frecuencia se limpiaba los ojos con la manga de la guerrera en un movimiento nervioso. Aún tenÃa la boca ligeramente abierta.
Echó una ojeada al campo atestado de enemigos y cesó instantáneamente de dar vueltas a la cuestión de si su arma estarÃa cargada. Antes de estar listo para comenzar —antes siquiera de decirse a sà mismo que iba a empezar a luchar— colocó el obediente y bien equilibrado rifle en posición y disparó un primer y violento tiro. E inmediatamente estaba utilizando su arma de modo automático.