La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Tenía una labor que hacer. Era como el carpintero que, habiendo fabricado ya muchas cajas, hace otra más; con la diferencia de que sus movimientos eran rápidos y furibundos. Y como el carpintero, que mientras trabaja silba y piensa en su amigo o en su enemigo, en su casa o en la tasca, él tenía la mente puesta en otros lugares. Más tarde no fue capaz de recomponer con precisión estas ajetreadas ensoñaciones, se convirtieron en una masa de formas borrosas.
Pronto comenzó a sentir los efectos de la atmósfera bélica… un sudor abrasador, la sensación de que sus globos oculares reventarían como piedras calientes. Un fragor ardiente invadió sus oídos.
Tras esto, sintió una rabia ciega. Le sobrevino la exasperación intensa de un animal zaherido, de una vaca apacible acosada por perros. Le enfureció su rifle, que sólo podía usarse contra una vida cada vez. Deseó precipitarse al ataque y utilizar sus manos para estrangular. Deseó tener el poder de arrasar al enemigo con un simple gesto. Fue consciente de su impotencia y su rabia arreció como la de una bestia encadenaba.