La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Sepultada en la humareda de los rifles, su ira no se dirigió tanto hacia los hombres que sabía que se abalanzaban contra él, sino hacia los torbellinos de fantasmas de la batalla que le asfixiaban, llenando su garganta reseca con sus vestimentas humeantes. Se debatió desesperadamente para conceder una tregua a sus sentidos, para obtener aire, como un bebé que luchara contra la manta que lo está ahogando.
Una llamarada de rabia ardiente se mezclaba en todos los rostros con cierta expresión de concentración. Muchos de los hombres emitían ruidos en voz baja y aquellas tenues exclamaciones, gruñidos, imprecaciones, oraciones, conformaban un cántico pagano y montaraz, como un sonido subterráneo, extravagante, que parecía una salmodia bajo los resonantes acordes de la marcha bélica. El hombre que estaba junto al chico balbuceaba. Era un balbuceo suave y delicado, como el monólogo de un bebé. El soldado alto blasfemaba a voz en grito. De su boca salía una sombría procesión de pintorescos juramentos. De pronto intervino un soldado quejumbroso, como alguien que hubiese perdido su sombrero.
—Pero ¿por qué no nos ayudan? ¿Por qué no nos envían refuerzos? Creen que…
El muchacho en su ensimismamiento bélico lo escuchó como en sueños.