La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Se apreciaba una singular ausencia de actitudes heroicas. Los hombres, que se inclinaban y se levantaban con prisa y rabia, adoptaban posturas insólitas. Las baquetas metálicas resonaban con un estruendo incesante cuando los hombres las introducían con vehemencia en los cañones calientes de sus rifles. Las tapas de las cajas de cartuchos estaban todas abiertas y se estremecían estúpidamente con cada movimiento. Los rifles, una vez cargados, se apoyaban en los hombros y se disparaban aparentemente sin un blanco definido, hacia el humo o hacia alguna de las figuras desdibujadas e inquietas que, delante del regimiento, habían ido creciendo en los campos, como marionetas manipuladas por un mago.
Los oficiales en sus puestos, situados en la retaguardia, evitaban adoptar poses pintorescas. Se desplazaban de un lado para otro rugiendo órdenes y expresiones de ánimo. La dimensión de sus alaridos era extraordinaria. Agotaban sus pulmones con pródigo entusiasmo. Y a menudo se ponían casi cabeza abajo en su ansia por vislumbrar al enemigo al otro lado de los borbotones de humo.