La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El teniente del muchacho salió al paso de un soldado que había huido gritando con la primera descarga de sus compañeros. Tras las líneas, los dos personajes eran una escena aparte. El soldado lloriqueaba y miraba con ojos de cordero degollado al teniente, que lo tenía agarrado por el cuello y lo golpeaba. Le hizo volver a las filas a empujones. El soldado avanzó mecánicamente, sin ánimo, con la mirada ovina fija en el oficial. Parecía encontrar en la voz del teniente la expresión de una especie de divinidad severa, dura, sin rastro de miedo. Trató de cargar su arma, pero el tembleque de sus manos se lo impidió. El teniente se vio obligado a ayudarle.
Los hombres se desplomaban como fardos aquí y allá. Al capitán de la compañía del chico lo habían matado al comienzo de la acción. Su cuerpo yacía como el de un hombre fatigado que reposase, pero su rostro mostraba una expresión atónita y afligida, igual que si le hubiera traicionado un amigo. Al soldado balbuciente le rozó un disparo y la sangre, abundante, comenzó a brotar por su cara. Se llevó las manos a la cabeza.
—¡Oh! —dijo, y salió corriendo.