La roja insignia del valor

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Cuando la fiebre abandonó sus venas, el joven pensó que, ahora sí, iba a asfixiarse. Se dio cuenta de la mefítica atmósfera en la que había estado luchando. Estaba mugriento y sudaba como un obrero de fundición. Agarró su cantimplora y bebió un largo trago de agua caliente.

Una misma exclamación, con distintas palabras, corrió de boca en boca:

—Bueno, los hemos rechazado. Los hemos rechazado. Maldita sea, lo hemos hecho.

Los hombres lo decían con alegría, mirándose de soslayo socarronamente, con sonrisas mugrientas.

El chico se volvió para mirar tras él, a su derecha y a su izquierda. Experimentó la alegría de quien finalmente encuentra la serenidad para contemplar su entorno.

A sus pies podían verse formas espantosas e inmóviles. Yacían retorcidas, con los brazos doblados y las cabezas torcidas en contorsiones increíbles. Daba la impresión de que los cadáveres habían caído desde gran altura para acabar en tales posiciones. Era como si los hubiesen arrojado desde el cielo.


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