La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Los hombres gimieron. Desapareció el brillo de sus ojos. Sus semblantes sucios mostraron ahora un profundo abatimiento. Movieron con lentitud sus cuerpos agarrotados y contemplaron con el ánimo sombrío la frenética aproximación del enemigo. Los esclavos que servían en el templo de aquel dios comenzaban a rebelarse ante la dureza de sus tareas.
Las preocupaciones y quejas corrieron de boca en boca.
—¡Esto es demasiado! ¿Por qué no nos envían refuerzos?
—No podemos soportar esta segunda embestida, es imposible. No he venido aquí para enfrentarme a todo el maldito ejército rebelde.
Entre ellos, uno lanzó un grito compungido:
—Ojalá Bill Smithers me hubiese pisado la mano, en vez de yo a él.
Las articulaciones doloridas que conformaban el regimiento crujieron penosamente mientras tomaba posiciones defensivas.
El joven observaba con atención. Seguramente creyó que aquel suceso imposible no estaba teniendo lugar. Parecía aguardar a que el enemigo se detuviera de pronto, se disculpara y se retirara con una reverencia. Todo aquello tenía que ser un error.