La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Pero, desde alguna parte de la línea del regimiento, alguien abrió fuego y se generalizó en ambos sentidos. La lluvia de disparos generó grandes nubes de humo que, a ras de suelo, se revolvían y se agitaban en el viento suave para deslizarse después, como por una puerta, a través de las hileras de soldados. Bajo los rayos del sol, las nubes se teñían de un amarillo terroso, pero a la sombra aparecían de un azul triste. La bandera a veces desaparecía devorada por esta masa de vapor, pero era frecuente que sobresaliese, bañada por el sol, resplandeciente.
En los ojos del muchacho asomaba esa mirada peculiar de los caballos exhaustos. Su cuello temblaba con una debilidad nerviosa y sentía los músculos de los brazos entumecidos y sin vida. Las manos le parecían también grandes, extrañas, como si llevase puestas unas manoplas invisibles. Y sentía una gran inseguridad en sus rodillas.
Volvieron a su mente las palabras pronunciadas por sus compañeros antes de los disparos: «Vaya, ¡esto es demasiado! ¿Por quién nos toman?… ¿Por qué no nos envían refuerzos? No vine aquí para enfrentarme a todo el maldito ejército rebelde».