La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Uno que se encontraba a su lado y que había estado disparando febrilmente con su fusil, dejó de pronto de hacerlo y huyó dando alaridos. Otro tipo cuyo semblante había mostrado hasta el momento una expresión de exaltada valentía, la majestad del que es capaz de entregar su vida, se volvió despreciable en un instante. Palideció como si a medianoche hubiera llegado al borde de un abismo y repentinamente se diera cuenta de ello. También arrojó el arma y huyó. No había vergüenza en su rostro. Corría como un conejo.
Algunos más se dispersaron a través del humo. El joven giró la cabeza. El movimiento lo sacó fuera de su trance, como si el regimiento lo estuviera abandonando. Divisó fugazmente algunas formas que huían.
Entonces gritó asustado y comenzó a dar vueltas. Por un momento, en el enorme clamor, se convirtió en el paradigma de una gallina aterrorizada. Había perdido el instinto de salvación; la muerte le amenazaba desde todos los flancos.
Luego se precipitó a grandes saltos hacia la retaguardia. Perdió el rifle y la gorra. Su guerrera desabrochada se hinchaba con el viento. La tapa de la caja de cartuchos batía con violencia y la cantimplora, colgada de su fina correa, se balanceaba tras él. Su rostro mostraba el horror de todas las cosas que había imaginado.