La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El teniente saltó hacia adelante vociferando. El joven vio sus facciones enrojecidas por la ira y le vio dar un golpe con su espada. Su único pensamiento fue que el teniente era una criatura peculiar al preocuparse de cosas así en circunstancias como aquélla.
Corrió como un ciego. Se cayó dos o tres veces. Una de las veces se golpeó el hombro contra un árbol con tanta fuerza que se fue de cabeza al suelo.
Al dar la espalda a la batalla, sus miedos se magnificaron extraordinariamente. La estocada de la muerte entre los omóplatos era mucho más temible que el golpe de la muerte entre los ojos. Cuando más tarde pensó en ello, concluyó que era mucho mejor poder ver la causa del terror que sólo escucharla. Los ruidos de la batalla eran como piedras y él tenía muchas posibilidades de terminar lapidado.
Mientras seguía corriendo se mezcló con otros. Podía ver vagamente a hombres a su derecha y a su izquierda y podía oír pasos tras de sí. Creyó que todo el regimiento se había dado a la fuga, perseguido por aquellos ominosos estampidos.