La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Desde su hogar, sus ojos juveniles habían contemplado con desconfianza la guerra en su propio país. Debía de tratarse de una especie de teatro. Hacía ya mucho tiempo que había perdido la esperanza de presenciar una batalla al estilo griego. Aquello no volvería a ocurrir, se había dicho. Los hombres eran mejores o más medrosos. La educación seglar y religiosa había eliminado el instinto de agarrarse por el gaznate. O, tal vez, era la solidez de la economía la que mantenía controladas las pasiones.
Había deseado alistarse muchas veces. Los relatos sobre grandes gestas zarandeaban el país. Podían no ser precisamente homéricas, pero aún así parecían gloriosas. Había leído sobre marchas, asedios, conflictos, y había soñado presenciar todo aquello con sus ojos. Su agitada mente había dibujado grandes cuadros de extravagante colorido, refulgentes de hazañas que quitaban el aliento.