La roja insignia del valor
La roja insignia del valor LOS ÁRBOLES COMENZARON a entonar un himno del atardecer. El sol se iba hundiendo y sus rayos de bronce, inclinados, atravesaron el bosque. Los ruidos de los insectos disminuyeron como si hubiesen bajado sus cabezas para hacer una pausa devota. Excepto por el coro de los árboles, reinaba el silencio.
De pronto, sobre esta calma estalló un estruendo tremendo. Un rugido de fuego llegó desde lejos.
El chico se detuvo, traspasado por la terrorífica confusión de ruidos. El universo parecía desgarrarse. El aire se llenó del sonido sobrecogedor de los fusiles y el estruendo de la artillería.
Su mente voló en todas direcciones. Imaginó a los dos ejércitos enfrentados como panteras. Se quedó escuchando durante un rato. Luego empezó a correr hacia la batalla. Advirtió la ironía de avanzar hacia aquello que antes tanto trabajo le había costado evitar. Pero se dijo que si la tierra y la luna estuvieran a punto de chocar, también mucha gente se subiría a los tejados para contemplar la colisión.
Mientras corría se dio cuenta de que el bosque había enmudecido, había cesado su música, como si por fin fuese capaz de oír los ruidos ajenos a él. Los árboles permanecían silenciosos e inmóviles. Todo parecía afanarse en escuchar el tiroteo, el alboroto, la violenta sacudida del estruendo. Un redoble coral se extendía sobre la tierra silenciosa.