La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El joven comprendió de pronto que, después de todo, la refriega en la que participó no había sido más que un intercambio banal de disparos. Al oír aquel estrépito se preguntó si realmente había presenciado escenas de auténtica batalla. Aquella barahúnda evidenciaba una batalla celestial: hordas devastadoras que combatían en las alturas.
Al pensar en ello, encontró cómico el punto de vista de sus compañeros y el suyo durante el anterior enfrentamiento. Se habían tomado muy en serio a sí mismos y al enemigo, se habían creído que el resultado de la guerra dependía de ellos. En su fuero interno creían que estaban tallando las letras de sus nombres en indelebles placas de metal o consagrando para siempre su reputación en los corazones de sus compatriotas, cuando, en realidad, el episodio aparecería en un informe impreso bajo un epígrafe modesto e irrelevante. Pero comprendió que aquello era lo correcto, pues de otro modo todo el mundo huiría, excepto los pelotones de asalto y gente así. Continuó avanzando deprisa. Deseaba llegar cuanto antes al borde del bosque para contemplar los acontecimientos.
Mientras se apresuraba, desfilaron por su mente imágenes de batallas mayúsculas. La acumulación de reflexiones sobre el asunto le sirvió para figurarse las escenas. Y el ruido era como la voz de un elocuente ser que describía esas escenas.