La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Se sintió como un intruso. Aquel lugar olvidado del campo de batalla pertenecía a los muertos y aceleró su paso, con la vaga aprensión de que alguna de las figuras hinchadas se levantara y lo expulsara de allí.
Finalmente llegó a una carretera desde la que vio, a lo lejos, oscuros y agitados cuerpos de tropas, rodeados de humo. En la carretera, una muchedumbre ensangrentada fluía hacia la retaguardia. Los heridos blasfemaban, se quejaban y gemían. En el aire flotaba, incesante, un poderoso estruendo que parecía capaz de sacudir la tierra. Las valientes palabras de los cañones y las rencorosas frases de los fusiles se mezclaban con los ardientes vítores. Y de aquella zona ruidosa llegaba una corriente continua de mutilados.
Uno de los heridos tenía un pie completamente ensangrentado. Saltaba a la pata coja como un niño que estuviese jugando. Y se reía histéricamente.
Otro juraba que le habían disparado en el brazo por culpa de la incapacidad del general al mando para dirigir el ejército. Otro andaba como si imitara los ademanes de algún altanero director de banda militar. En sus facciones se observaba una mezcla de júbilo y agonía. Mientras caminaba entonaba una copla burlesca con voz alta y temblorosa:
«Canta un himno de victoria,
Un puñado de balas,
Veinticinco hombres muertos