La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Un hombre harapiento, con polvo, sangre y manchas de pólvora de pies a cabeza, caminaba con dificultad y en silencio al lado del muchacho. Escuchaba con entusiasmo y enorme humildad las escabrosas descripciones de un sargento barbudo. Sus enjutas facciones expresaban sobrecogimiento y admiración. Parecía alguien que escuchase en un comercio de pueblo esas historias extraordinarias que se cuentan entre los barriles de azúcar. Miraba al narrador con inefable asombro, boquiabierto como un paleto.
El sargento, al percatarse de ello, hizo una pausa en su elaborada crónica para lanzar un comentario burlón:
—Ten cuidado, encanto, o te tragarás una mosca —dijo.
El hombre andrajoso retrocedió avergonzado.
Al rato comenzó a desplazarse hacia el muchacho y, tímidamente, trató de hacerse su amigo. Su voz era tan suave como la de una niña y sus ojos, suplicantes. El joven descubrió con sorpresa que el hombre tenía dos heridas, una en la cabeza vendada con un trapo ensangrentado, y la otra en el brazo, el cual le colgaba como una rama rota.
Después de caminar juntos durante un rato, el harapiento reunió el valor suficiente para hablar.
—Ha sido una buena pelea, ¿verdad? —dijo con timidez.