Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle La muchacha seguÃa con la mirada fija en las puertas. Al cabo de un rato, el joven empezó a ver doble. Hizo un esfuerzo por ser amable e insistió en que ella tomara una charlotte russe y un vaso de cerveza.
—Se han ido —apuntó—. Ya se han marchado —añadió mientras observaba a Maggie a través de las espirales de humo—. Oye, bonita, vamos a hacer lo que podamos. No estás nada mal, ¿sabes? Nada mal. Claro que resulta imposible compararte con Nell. Ella es muy guapa. GuapÃsima. A su lado tú no vales nada, pero tú sola no estás mal. De todos modos, eres lo único que hay, pero no estás mal.
Maggie se puso en pie.
—Me voy a casa —anunció.
El joven se sobresaltó.
—¿Qué? ¿A casa? —exclamó asombrado—. Perdona, ¿has dicho a casa?
—Me voy a casa —repitió la joven.
—Dios mÃo, ¿pero esto qué es? —Freddy no salÃa de su asombro.
El joven acompañó a Maggie hasta el interior de un autobús, aunque apenas se sostenÃa en pie. Pagó su billete con ostentación, la miró con amabilidad a través de la ventanilla trasera y se cayó de las escaleras al bajar.