Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —Me ha estado tomando el pelo, eso es todo —sentenció de repente—. Es una vergüenza cómo se comporta esa chica. Vayámonos, esta noche me he gastado más de dos dólares en bebidas. Va y se larga con ese rufián que parece que le hayan curtido la cara con un troquel. Eso es tratar mal a un chico como yo. Eh, camarero, tráigame un cóctel y que sea de los fuertes.
Maggie no contestó. Se dedicaba a vigilar la puerta.
—Es una faena —se quejó el joven—. Pero me las pagará, ya lo creo. De esta no me olvido, ni hablar —añadió con un guiño—. Le pienso decir claramente que ha sido una faena. Y no creas que me va a convencer con sus «Freddy querido». Se cree que me llamo Freddy, pero ese no es mi verdadero nombre. A este tipo de personas siempre les digo un nombre por el estilo, porque si conocen el verdadero pueden aprovecharse, ¿me entiendes? Ah, no creas que pueden tomarme el pelo fácilmente. Maggie no escuchaba al joven porque seguÃa prestando atención a las puertas. El muchacho volvió a sucumbir en la melancolÃa y, con aire decidido, se tomó un buen número de cócteles, como si con ello estuviera desafiando el destino. De vez en cuando estallaba en una sarta de invectivas.