Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Anduvo sin rumbo a lo largo de varias manzanas. En cierto momento se detuvo y se preguntó en voz alta a sí misma:
—¿Quién?
Un hombre que pasaba junto a ella se dio por aludido y le dijo con un tono animado:
—¿Qué? ¿Quién? ¡Nadie! Yo no he dicho nada —respondió el hombre entre risas.
Pronto la joven descubrió que, si seguía caminando, los hombres la mirarían con ojos intencionados. Se asustó y aceleró la marcha. A modo de defensa, adoptó una actitud de determinación, como si hubiera decidido ir a alguna parte.
Al cabo de un rato abandonó el bullicio de las avenidas y atravesó varias filas de casas de aspecto sólido y severo. Ladeó la cabeza ante la sensación de que éstas la estaban contemplando con una mirada seria.
De repente se topó con un robusto caballero que lucía un sombrero de seda y un casto abrigo negro. Llevaba los botones abrochados desde las rodillas hasta la barbilla. La joven había oído hablar de la Gracia de Dios, y decidió acercarse a ese hombre.
Su rostro resplandeciente y rechoncho era la viva imagen de la benevolencia y la bondad de corazón. En sus ojos se traslucía la clemencia.