Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —¡Cuidado, Mary, perdona! Animo, muchacha —la asió por el brazo ayudándola a recobrar el equilibrio, y luego desapareció corriendo por el centro de la calle.
La joven se alejó de la zona de los bares y restaurantes. Cruzó otras majestuosas avenidas y se adentró en espacios más oscuros que aquellos por los que se movía la multitud.
Un joven vestido con un abrigo ligero y sombrero hongo recibió la mirada penetrante de la joven. Se detuvo y la miró, hundiendo las manos en los bolsillos y esbozando una sonrisa de burla.
—¡Venga, ya, que no soy un cateto! —exclamó el hombre.
Poco después pasó un trabajador que cargaba un montón de paquetes bajo el brazo. Él respondió a los comentarios de la joven:
—Hace muy buena noche, ¿verdad?
La muchacha sonrió abiertamente a un pipiolo que andaba a toda prisa con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo. Sus rizos rubios se balanceaban sobre sus sienes juveniles, y los labios dibujaban una alegre y despreocupada sonrisa. Él volvió la cabeza y le devolvió el gesto, saludándola con la mano.
—¡Hoy no, quizás otro día!
Un borracho se cruzó en su camino dando bandazos y comenzó a rugir: