Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Las agitadas puertas de los bares, que no cesaban de balancearse, dejaban entrever filas animadas de hombres apostados junto a la barra y a los apresurados camareros.
Desde la calle se escuchaba, procedente de una sala de conciertos, el tenue sonido de una música rápida y traqueteante, como si la estuviera tocando un diligente grupo de músicos fantasmales.
Un joven alto que fumaba un cigarrillo con aires de suficiencia, pasó junto a la joven. Iba vestido de etiqueta, tenía bigote, lucía un crisantemo y parecía aburrido. Su actitud era vigilante. Al ver que la joven avanzaba haciendo caso omiso de su presencia, la contempló con gran interés. La observó unos instantes con los ojos vidriosos, pero se sobresaltó levemente al darse cuenta de que no era una recién llegada, ni venía de París ni pertenecía al mundo del espectáculo. Dio media vuelta y contempló el vacío, como si fuera un marinero manejando un reflector.
Un robusto caballero, de ostentosas y generosas patillas, pasó impasible junto a la muchacha, dándole desdeñosamente la espalda.
Un hombre mayor que parecía tener prisa por conseguir un coche e iba vestido con ropa de oficina, chocó contra su hombro.