Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Las aceras se convirtieron en agitados mares de paraguas. Los hombres se adelantaban unos pasos para detener los taxis, levantando la mano en gestos que variaban desde la amable solicitud al requerimiento imperativo. Una procesión interminable se dirigía a la estación. Parecía extenderse sobre la muchedumbre una atmósfera de satisfacción y prosperidad, quizás nacida de las ropas caras y de acabar de salir de un lugar que ayudaba a olvidar.
Entre la mezcla de luces y sombras de un parque cercano, un grupo de personajes errantes, que mostraba actitudes de tristeza crónica, se encontraba desperdigado por los bancos.
Una joven que formaba parte de las pintorescas cohortes de la ciudad avanzaba por la calle. Lanzaba varias miradas a los hombres con quienes se cruzaba, sonriendo seductoramente a los de aspecto rústico e ineducado, e ignorando, al menos en apariencia, a los de corte más cosmopolita.
Mientras cruzaba las brillantes avenidas, se mezcló entre el gentío que salía del lugar donde todo se olvida. Pasó rápidamente a través de la multitud, como si tuviera que llegar a un lugar lejano, inclinándose hacia delante envuelta en una elegante capa, mientras se recogía cuidadosamente la falda y buscaba con sus bien calzados pies los puntos más secos de la acera.