Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Junto al río, la joven divisó una enorme figura. Al acercarse, se dio cuenta de que era un hombre grueso y gigantesco que estaba envuelto en harapos grasientos. Su pelo grisáceo le caía por la frente. Sus ojos pequeños y turbios, que brillaban enterrados entre pliegues de grasa rojiza, recorrieron ávidamente el rostro de la joven vuelto hacia él. Lanzó una risotada y sus dientes negros y desalineados brillaron bajo el hirsuto bigote gris del que goteaba cerveza. Todo su cuerpo se estremecía y temblaba como el de una medusa muerta. Mirándola con ojos lascivos y riéndose entre dientes, decidió seguir a la joven de vida alegre.
A sus pies, el río tenía un color fúnebre. Una fábrica oculta emitía un resplandor amarillo que por un momento iluminó las aguas aceitosas que lamían los maderos flotantes. Los diversos sonidos de la vida, que la distancia hacía más alegres y que parecían inalcanzables, llegaban tenuemente hasta desvanecerse en un total silencio.