Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —Toma —dijo con aire magnánimo—. Aquà tienes veinticinco centavos.
El camarero continuó sosteniendo la bandeja.
—No quiero su dinero —respondió.
El otro le mostraba la moneda con un aire apenado.
—¡Toma, maldita sea! —gritó—. ¡Acéptala! Eres un buen muchacho y quiero que la cojas.
—Bueno, bueno —respondió el camarero con el hastÃo propio de la persona que está obligada a dar consejos—. Guárdese su dinero. Está usted bebido y está haciendo el tonto.
Mientras el camarero cruzaba la puerta, el hombre se volvió hacia las mujeres con una actitud patética.
—No sabe que soy un buen muchacho —comentó con tristeza.
—No te preocupes, Pete, querido —dijo una mujer radiante y audaz mientras lo asÃa afectuosamente por el brazo—. No te preocupes, ¡nosotras te apoyamos!
—¡Eso es! —exclamó el hombre mientras su rostro se iluminaba ante el tono apaciguador de la mujer—. ¡Eso es, soy un buen muchacho y cuando alguien se porta bien conmigo, yo me porto bien con él!
—¡Por supuesto! —repitieron las mujeres—. Y no te vamos a dejar escapar.
El hombre alzó sus ojos suplicantes hacia la mujer radiante y audaz. Estaba convencido de que se morirÃa si alguien lo acusara de una acción despreciable.