Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Al cabo de un instante, Pete se quedó dormido. Su rostro hinchado por la embriaguez le caía sobre el pecho. Las mujeres continuaron bebiendo y riendo sin prestar la menor atención al hombre. Al final, este se tambaleó y cayó con un gruñido al suelo.
Las mujeres lanzaron un grito de repugnancia y se recogieron las faldas para no tocarlo.
—Venga, vámonos de aquí —propuso una de ellas mientras se levantaba, visiblemente enfadada.
La mujer radiante y audaz fue la última en salir; cogió los billetes y se los metió en el bolsillo. El hombre lanzó un ronquido gutural, lo cual provocó que ella se volviera y lo mirara.
Se echó a reír:
—Vaya un condenado imbécil —dijo, y se marchó.
El humo de las lámparas caía pesadamente en el pequeño reservado, ocultando el camino de salida. El aire estaba cargado de un sofocante e intenso olor a aceite. El vino de una copa derramada goteaba lentamente sobre el amoratado cuello del hombre.