Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle La madre permanecía sentada y observaba a sus hijos sin dejar de parpadear. Lanzaba reproches, tragaba patatas y bebía de una botella de color marrón amarillento. Al cabo de un rato cambió su estado de ánimo y se echó a llorar mientras llevaba al pequeño Tommie a otra habitación y lo acostaba con sus diminutos puños apretados, envuelto en un viejo cubrecama de tonos verdes y rojos descoloridos. Luego volvió y empezó a lamentarse junto a la cocina. Se balanceaba hacia delante y hacia atrás sentada en una silla, derramando lágrimas y gimiendo apesadumbrada ante sus hijos sobre la suerte de su «pobre madre» y de su padre, «maldita sea su alma».
La niña se afanaba como podía entre la mesa y la silla sobre la que reposaba una jofaina. Sus piernas se tambaleaban por el peso de los platos.
Jimmie permanecía sentado y cuidaba de sus múltiples heridas. Echaba miradas furtivas a su madre. Sus ojos avezados por la experiencia percibieron el modo en que su madre emergía poco a poco de una confusa maraña de emociones hasta que su cerebro comenzaba a arder por el acaloramiento de la borrachera. Entonces contuvo la respiración.
A Maggie se le cayó un plato al suelo.
La madre se puso de pie de un salto.
—Dios santo —aulló.