Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —¡Qué no! ¡Esta lata es para la vieja y sería una faena robársela! —gritó Jimmie.
El padre le arrancó el recipiente a su hijo. Lo empuñó con ambas manos y se lo llevó a la boca. Pegó los labios en el borde inferior e inclinó la cabeza. Su garganta peluda se hinchó hasta que pareció sobresalir de la barbilla. Bebió toda la cerveza de un solo trago.
El hombre tomó aliento y soltó una carcajada. Golpeó a su hijo en la cabeza con la lata vacía. Mientras esta rodaba resonando por la calle, Jimmie comenzó a gritar y a dar patadas a la espinilla de su padre.
—Mira la faena que me has hecho —gritó—. La vieja se va a enfadar conmigo.
Se batió en retirada hasta el centro de la calle, pero el hombre optó por no perseguir a su hijo y se dirigió hacia la puerta tambaleándose.
—Te voy a matar cuando te coja —gritó mientras desaparecía—. Había pasado la noche recostado sobre la barra de un bar, bebiendo whisky y proclamando a los cuatro vientos:
—Mi casa es un infierno. ¡Maldito lugar! ¡Un infierno! ¿Por qué me da por beber así? ¡Porque mi casa es un infierno!