Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle En una ocasión, cuando a una señora se le cayó el bolso en la acera, la mujer de piel nudosa lo agarró y lo deslizó con gran habilidad por debajo de su capa. Cuando la arrestaron, maldijo a la señora hasta que está sufrió un pequeño desvanecimiento, y con sus miembros agarrotados y retorcidos por el reuma, pataleó el estómago de un robusto agente de policía, a quien definió como «esos policías, malditos sean».
—Eh, Jimmie, es una vergüenza —apuntó—. Anda, sé bueno y cómprame un trago. Si tu madre está de bronca toda la noche, puedes quedarte a dormir aquí.
Jimmie cogió el cacharro de metal y los siete peniques que le tendía la mujer y se marchó. Atravesó la puerta lateral de un bar y se acercó a la barra. Alzándose sobre las puntas de los pies, el muchacho levantó el recipiente y las monedas tan alto como se lo permitían los brazos. Vio cómo dos manos aparecidas de la nada aceptaban el cacharro con los peniques. Al cabo de unos instantes, esas mismas manos bajaron el cacharro lleno y Jimmie se fue.
Delante de la mugrienta puerta de entrada se encontró con una figura tambaleante. Era su padre, tambaleándose sobre las piernas que apenas podían sostenerlo en pie.
—¡Dame esa lata! —dijo el hombre con un tono amenazador.