Maggie, una chica de la calle

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En su opinión, los casos más sonados de completa imbecilidad se exhibían en las plataformas delanteras de los tranvías. Al principio luchaba verbalmente contra esos seres, pero al final él salió victorioso. Se volvió igual de insensible que una vaca africana. Jimmie desarrolló un majestuoso desprecio hacia las filas de tranvías que lo seguían como persistentes insectos.

Adquirió la costumbre, cuando emprendía un viaje largo, de fijar la mirada en un objeto elevado y distante cuando arreaba a sus caballos, y entonces se sumía en una suerte de trance desde el que podía observarlo todo. Aunque multitudes de conductores aullaran a sus espaldas y los pasajeros lo abrumaran con sus insultos, no se despertaba hasta que algún agente de uniforme azul se enfurecía y comenzaba a tirar de las riendas febrilmente y a golpear los suaves hocicos de los caballos.

Cuando se detenía a contemplar la actitud de la policía hacia él y sus compañeros, se convencía de que eran los únicos en la ciudad que carecían de derechos.

Cuando conducía, tenía la impresión de que los agentes descargaban en él la responsabilidad de todo lo que pudiera ocurrir en las calles, y que era la presa habitual de cualquier policía enérgico. A modo de venganza, había decidido no apartarse para nada del camino, hasta que unas circunstancias de fuerza mayor o un hombre más robusto que él lo obligaran a hacerlo.


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