Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle En la zona sur de la ciudad se metía en líos a diario. Si daba la casualidad de que él y su equipo estaban en la retaguardia, mantenía un aspecto sereno, cruzaba las piernas y empezaba a gritar cuando los peatones se metían peligrosamente bajo las narices de sus impacientes caballos. Fumaba su pipa con absoluta tranquilidad, porque estaba seguro de que su paga estaba en camino.
Si estaba delante, y él era el protagonista del alboroto, se lanzaba en medio de la pelea que se desarrollaba entre los conductores aposentados en sus altos asientos y a veces profería insultos y conseguía que lo arrestaran violentamente.
Con el paso del tiempo, su mueca desdeñosa creció de tal manera que proyectaba su sombra sobre todas las cosas. Se tornó tan incisivo que no creía en nada. Para él, los agentes de policía siempre actuaban movidos por siniestros impulsos y el resto del mundo estaba compuesto, en su inmensa mayoría, de seres despreciables que sólo intentaban aprovecharse de él. Para defenderse de esta agresión, se sentía autorizado a pelearse en cualquier momento. Consideraba que él formaba parte de los oprimidos, y que su aislamiento contenía una íntima pero evidente grandeza.