Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Mantenía una actitud beligerante hacia todos los hombres trajeados. Para él, el vestuario elegante era sinónimo de debilidad, y todo abrigo de calidad tapaba un corazón frágil. Él y los suyos eran, hasta cierto punto, soberanos por encima de los hombres de ropa impoluta, porque estos quizá temían ser asesinados o que se rieran de ellos.
Sobre todo, despreciaba a los cristianos que se mostraban orgullosos de serlo y a los inútiles que exhibían los crisantemos de la aristocracia en el ojal. Se consideraba por encima de ambas categorías. No temía ni al diablo ni a los líderes de la sociedad.
Cuando tenía un dólar en el bolsillo, sentía una enorme satisfacción por el hecho de existir. De modo que, al final, se vio obligado a trabajar. Su padre falleció, y la esperanza de vida de su madre se dividía en períodos de treinta días.
Se hizo conductor de carretas. Le asignaron un diligente par de caballos y un enorme carro que traqueteaba. Invadió el tumulto y el caos de las calles del centro y aprendió a proferir desafiantes insultos contra los policías que de vez en cuando subían a su vehículo para hacerlo bajar y darle una paliza.