Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —Estáis malditos —decÃa el predicador. Y el intérprete de sonidos podrÃa reparar en la respuesta de la harapienta congregación—. ¿Dónde está nuestra sopa?
Jimmie y uno de sus compinches permanecÃan sentados en la parte de atrás, charlando sobre una serie de cosas que no les concernÃan, con la misma soltura de un par de caballeros ingleses. Cuando les entró sed y se marcharon, sus mentes confundieron al orador con Cristo. De repente, el ánimo de Jimmie se volvió taciturno y empezó a albergar pensamientos de altos vuelos. Su compañero le comentó que si él alguna vez se encontraba con Dios, le pedirÃa un millón de dólares y un botellÃn de cerveza.
Durante mucho tiempo, Jimmie se dedicó a apostarse en las esquinas de las calles y observar cómo el mundo desfilaba ante él imaginando apasionados encuentros con las mujeres hermosas que pasaban junto a él. Amenazaba a todo el mundo desde los cruces de las calles. En esas esquinas, se sentÃa inmerso en la vida y era parte de ella. El mundo seguÃa avanzando y él lo contemplaba desde allÃ.