Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Tal vez, si el dios de la conducción hubiera experimentado el deseo incontenible de bajarse, levantar sus iracundos puños y disputarle virilmente el derecho de paso, probablemente se habría enfrentado de inmediato a un ceñudo ser humano con un par de nudillos bien duros. También es posible que, en una avenida del ancho de un eje, este joven se hubiera mofado de la aproximación de un ferry volador. Sin embargo, sentía cierto respeto por los coches de bomberos. Si uno se lanzaba hacia su carreta, se subía temerosamente a la acera, amenazando a multitud de personas con su aniquilación total. Cuando un coche chocaba contra un conjunto de carretas atascadas, convirtiéndolas en astillas del mismo modo que un golpe rompe el hielo en mil pedazos, por lo general el carro de Jimmie podía verse sano y salvo, con las ruedas intactas, sobre la acera. La temible llegada del coche de bomberos era capaz de disolver hasta la maraña más confusa de vehículos pesados a los que la policía había increpado durante una media hora larga.
En lo más hondo de su corazón estaba entronizado un coche de bomberos como algo asombroso que él adoraba con distante y perruna devoción. Se sabía que habían volcado tranvías. Esos saltarines caballos, capaces de arrancar chispazos de los adoquines en su arremetida, eran criaturas merecedoras de inefable admiración. El resonar del gong traspasaba su pecho como el sonido evocador de una guerra.